Un guardián de almas
- eva peredo
- hace 2 días
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El pasado 22 de marzo La Cueva Teatro (La Paz) presentó su obra El florecimiento del cerezo, cerrando así su gira nacional en el Teatro Adela Zamudio. La puesta en escena reinterpreta un estilo del teatro japonés y sus principios, fusionando creencias bolivianas desde su visión más intrínseca. Una crónica de la actriz, directora y gestora cultural Eva Peredo.

Las culturas japonesa y boliviana no son tan diferentes. Vivir en armonía con la tierra, la cosmovisión andina, es uno de los conceptos que coinciden con los principios nipones, como lo explica Kike Gorena, director de El florecimiento del cerezo: “es una reinterpretación del Bunraku japonés, lo hicimos porque hay un acercamiento entre estas dos culturas, desde los rasgos físicos que tenemos, la filosofía de vida que compartimos, tener respeto por la naturaleza. Pienso que desde ahí se puede tejer un puente entre estas dos culturas”.
Visualmente la obra es hipnotizante, equilibrada en cuanto a su propósito de reflejar ambas culturas. La dirección es acertada, la escenografía funciona y la música converge con la narración y eleva cada escena. El público se deja llevar por el ritmo de la obra, se deja conducir por este viaje suave y sensible, sin muchas turbulencias. Como dijo un espectador: “la obra te mete en un sueño no habitual, tiene un ritmo pausado, pero que siento deja marcas a largo plazo, como algo que debes procesar”. Es una propuesta refrescante para el público.
Crónica
Buena cantidad de público ingresa al teatro, se apagan las luces de sala y el escenario se ilumina. A tono con el estilo Bunraku, dos músicos narradores (Joruris, en japonés) entran a la escena, las luces se encienden, se escucha una melodía japonesa que sale de una guitarra en lugar de un shamisen (instrumento de cuerda tradicional japonés). La narración inicia y es una sorpresa escuchar su doblaje al quechua. Se presenta al protagonista, Marcelino, y poco a poco el espectador se adentra en la historia centrada en creencias japonesas y conceptos de la cosmovisión andina. Ya desde este momento inicial uno intuye que la obra lo llevará mucho más allá de lo esperado.
Marcelino es una marioneta manejada por dos personas con el rostro cubierto. Es inevitable sentir empatía y agrado por este personaje de madera con silueta tan humana (Ningyo, en japonés). La vulnerabilidad que muestra el protagonista al intentar seguir con la tradición de sus antepasados, lo lleva a encarar un viaje para conectar con su entorno y con él mismo. En ese andar, Marcelino cobra vida y se refleja en la dualidad de verse como un hombre y una mujer, explorando su lado masculino y femenino para entrar en armonía con su ser completo.
El trabajo actoral es ambicioso, desde el ambiente que generan los músicos y narradores (Marcelo y Daniel Gonzáles) contando la historia, hasta el trabajo corporal de Edwin Villarroel y Raquel Márquez. Ambos encarnan al protagonista y muestran el proceso que atraviesa. La coordinación y movimientos simultáneos, propios del teatro japonés, también cumplen su proceso hasta encontrar, en un punto dado, el equilibrio, la fluidez y la armonía. En una escena, Márquez toma en medio de su cuerpo a Marcelino como marioneta, se recuesta, lo manipula suavemente… Villarroel es el encargado de mostrar su transformación: un cóndor dentro de él es liberado, el público se queda en silencio absoluto, simplemente disfrutando de tan delicada y a la vez fuerte interpretación, de esos momentos únicos que te regala el teatro.
Finalmente Marcelino encuentra su equilibrio, su horizonte y del lecho de sus antepasados brota un cerezo, un guardián de almas, como dice el director de la obra, que simboliza un renacer, un nuevo inicio, un nuevo Marcelino.
Propuestas como esta, arriesgadas y refrescantes, trabajadas con honestidad, son un alimento para el teatro boliviano, El florecimiento del cerezo es un buen ejemplo de cómo el teatro boliviano está explorando, está reinterpretando otras formas de arte, cómo busca innovar y provocar nuevas sensaciones en el público.
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