Trece claves para entender la filosofía del estido y una razón para no hacerlo
- alan santos
- hace 3 días
- 7 Min. de lectura
Una nueva entrega de “Autores leyendo autores”, una iniciativa de 88 Grados, La Trini y La Ramona en la que escritores de Editorial 3600 reseñan libros de sus colegas. En esta ocasión, Alan Santos nos promete explicar qué significa “lo estido” de El misterio del estido, libro de cuentos del autor paceño y stronguista Willy Camacho, un texto que nos va a dejar “estidos”.

Sales de tu zona de confort. No es confortable, en realidad. Un húmedo y oscuro cuarto con apenas un baño, destinado al desenfreno de la autosatisfacción. Ves la oscuridad de un mundo a través de una grieta en uno de tus muros.
Está en una vieja construcción del callejón detrás de la calle roja. Vas a mandarte una cagada y sabes que podría ser la última. Esperanza y rendición: inevitable en lo práctico, enigmático en la forma. Con cierta prudencia, te acercas al destino que has elegido. Ves a un hombre fornido y alto que custodia el ingreso a aquel mundo. Se dice que es un bar clandestino, una –chojchoteca– discoteca hardcore, un oasis de cariñosas, un motel de habitaciones infinitas: el motel infinito de Hilbert. Todas las posibilidades y ninguna. Lo vas a intentar averiguar.
El arquitecto de aquel mundo es el escritor –tan paceño como stronguista– Willy Camacho. Su libro El misterio del estido de 2018, publicado por Editorial 3600, deja ver la oscuridad del alma humana a través una grieta diminuta en un muro estido. Con un lenguaje fluido, casi coloquial, el autor narra una inevitable estida de sus personajes.
Estido.
Por la pequeña pausa que haces en la lectura, deduzco que te preguntas: ¿qué es estido?, ¿cómo se ha estido?, ¿cuándo y dónde se ha estido? Las claves para encontrar estas respuestas están en la filosofía del estido; es decir, en los trece relatos que componen el libro de Camacho.
Las narraciones pueden comenzar por el final de las historias. Es inevitable, sin embargo, que viajen a un punto anterior: al momento exacto en que las cosas comenzaron a esterse. Sí, porque estido implica pasado: un momento en el que algo aún no estaba estido.
El lugar es oscuro. Luz negra. Logras distinguir siluetas de mujeres voluptuosas que no ocultan sus atributos físicos. Los nombres de estos personajes –como los de los demás– no tienen relevancia, lo que marca sus identidades son sus alias. Allá el Yerbas que reparte muestras gratis de su adictiva mercancía. Allá una estilista transexual que llora como Magdalena –imposible saber si de alegría o de dolor– mientras susurra: Goliat. Allá el cuerpo del desafortunado Tomar. Allá un centro espiritual en el que los muertos cobran venganza. Allá un tipo –que no parece de fiar– que estrena reloj. Lo más práctico sería llamar a todos Félix: los celosos guardianes del misterio del estido.
Suenan covers de Bronco y de Spinetta: hay algo de rock p’ssado en esa atmósfera. Tomas un banco y te sientas para dejarte ir. Se acerca el Carajete –mozo y habitante nativo–, pides dos para la tos y un plato de fricasé.
Chancho, mote, chuño, sal, ají en vaina, ajo y algún ingrediente que no logras identificar. El plato es, sin duda, gourmet: cinco estrellas Michelin. La experiencia contrasta con el sabor amargo de la cerveza tibia que tienes en el vaso que está sobre tu mesa. Sabe a preste, a algún fluido corporal rancio.
La filosofía del estido no es una receta, no hay un ingrediente secreto. Es decir: no hay tal secreto del estido. Está ahí para el que quiera verlo. No se llega a su esencia en trece pasos. No hay un Estidos anónimos una vez que te has estido.
Trece claves para entender la filosofía del estido. Llegado a este punto, ya habrás notado que soy un paxpaku: vulgar contrabandista de grasa literaria de víbora. Nadie puede explicarte la complejidad de lo estido: Si no lo sientes, no lo vas a entender.
Esto no es autoayuda. No hay respuesta universal. Cada quien se este a su modo. Podemos ir por los bordes para tratar de delimitar su amorfa forma y así intelectualizar lo inasible.
Volvamos al principio: la soledad, la nunca cicatrizada herida que deja la soledad. Uno nace estido, eso lo puedo asegurar. La soledad es la única compañía real. ¿Puede algo volver a su estado natural cuando se ha estido? Olvidamos que el génesis de todo lo estido es el instante estido original. La soledad nos lleva a buscar ese origen, es por esto que es inevitable volver a ester algo en algún momento. Esto es una decisión, no es fruto del azar o de fuerzas incomprensibles.
Un hombre comprometido que va a por el amor prepago de una desconocida es consciente de que va a esterla. Una mujer comprometida que va a vender su amor a un desconocido sabe que va a esterla. ¿Por qué no parar antes de esterla? La decisión se convierte en convicción, en absoluta verdad.
Nos hemos perdido en un Totoral de pasiones. No decir las cosas en su momento es también esterla. ¿De qué otra forma, si no es con una pregunta, es posible saber si un amor es correspondido? Morir parece el escape perfecto: la puerta de emergencia. Ojalá volver al estado anterior de lo estido fuera tan fácil como apretar un gatillo.
Aunque suene redundante, esta perorata ya está estida. No hay vuelta atrás y lo sabes. Puedes recordar cómo era antes de esterse y no lo puedes cambiar. ¿Se puede ester algo más de una vez? Parece que las estidas se acumulan y cada una puede ser la última. Un músico que deja de oír su propia música está estido y nada puede hacer para remediarlo.
Hay mentes que se esten de tanto pensar en lo estido. La lujuria es el apetito pecaminoso por lo estido. ¿Qué se siente esterla? Se puede buscar saciar la gula detrás de una máscara que cubre el rostro de Edipo. No hay materia capaz de ocultar lo que ya está estido.
¿Recuerdan al Carajete? No lo sabe, será el dueño de el Carajete; aquí, en la calle roja. El Carajete será el dueño del Carajete. Vino al mundo por una estida de pata. Se cuidará de no esterla, su padre no. Sí, hay quienes no quieren esterse o esterla. Repito: no se trata de querer, se trata de decidir. En caso de no hacerlo, alguien lo hará por nosotros.
Una anciana con demencia senil está estida. Un autista está estido el doble. Volvemos a la lujuria: maneras de esterla –como cualquier fetiche– hay para todos los gustos. Aunque no hay una ley divina que lo impida, no debemos juzgar la forma en que alguien decide esterla. El libre albedrío nos da el derecho de esterla de la manera que nos parezca. Esto, empero, no nos da el derecho de ester la voluntad de otra persona.
La religión trata de explicar lo estido. Sabemos que estas explicaciones son bienintencionadas, aunque insuficientes y volubles. Algunas sustancias dan la falsa sensación de haber comprendido lo estido. Ambos caminos conducen a la necedad. Quienes siguen estos caminos creen, en su inocencia, que no van a esterla. La verdad, como sabemos, es que esterla es inevitable. Ni siquiera un acto de brutal flagelación puede cambiar aquello, ni siquiera retrasarlo.
El momento inevitable da señales. Suele adelantarse en ciertas situaciones. Hay ocasiones en las que se produce una estidacolectiva. Tener que pagar una deuda, tomar la decisión más fácil y tonta, subir ebrio a un taxi, estrenar un reloj al precio de dos vidas: Una ganga, alguien pensaría.
“Es que hay vidas que tienen nada interesante y hay que acabarlas” .
¿Hay vidas que merecen ser estidas? Un espíritu libre puede ver el panorama completo: existe estido, más allá del bien y del mal. La ficción tiene el potencial de convertirse en realidad, esto lo sabe –o lo supo– muy bien Madame Mattild al invocar al espíritu de Julieta, amante –por conveniencia– de Alfredo, quién fue estido por las manos de Madame Mattild y la extinta fuerza vital de Julieta.
O se está estido o no se está. O se este o no este: no hay punto medio. Blanco o negro: como una antigua fotografía. La oscuridad del alma se puede disimular, pero no se puede eliminar. Quien tiene el alma estida sabe, a diferencia de la mayoría, que va a esterla. Espera el momento y el lugar adecuado para hacerlo. Pensar en esterla es igual que hacerlo. La muerte es el máximo deseo –promesa de alivio– de quién a pecado por pensamiento o hecho.
Bendito entre todas las mujeres aquel que sabe que ha nacido estido: aquel sabe que es ella y no él. Magdalena lo supo antes de ser Magdalena, sometida de forma voluntaria por Goliat. ¿Merecía, él, la pureza de su amor? ¿Merecía, él, tomar por la fuerza el fruto prohibido de lo estido?
¿Qué pasa cuando uno no la ha estido y paga por quien lo ha hecho? La realidad es moldeable para quien entiende la complejidad de lo estido. Un amor estido es peligroso, tanto como una ficción bien narrada. No es esterla por esterla, nomás, ¿se entiende? No todos son conscientes de que este hecho tiene consecuencias y que es consecuencia de decisiones anteriores.
Aparecen incontables Félixces frente a ti, los celosos guardianes de la verdad última de lo estido. Te piden que dejes la mesa. No es mi deseo ni mi derecho juzgar si mereces que aquello te sea revelado. Puedes retirarte o quedarte por la fuerza. De ti depende esterla o no.
No he olvidado la promesa implícita en el título de este texto: una razón para no hacerlo, una razón para no continuar con la búsqueda de la verdad del estido. Lo confieso, el esfuerzo de dar forma a lo amorfo me ha dejado estido. Cerremos esta narración con la siguiente verdad a medias, con la siguiente mentira que tiene algo de verdad: también soy un Félix, la razón por la que no debes buscar la verdad última de lo estido se ha estido.
Fuente: 88 Grados
Editado por: Adrián Nieve
Foto: 88 Grados / Editorial 3600
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